Ser voluntaria ha sido mejor que si me hubieran pagado un salario

María Antonia es parte de un grupo de 96 voluntarias comunitarias en Cali, Colombia, donde participa en el desarrollo del proyecto Construyendo Vida con Esperanza de World Vision.  

Llegó a Cali hace cinco años en busca de mejores oportunidades, pues antes vivía con su familia en condiciones de mucha inseguridad. Lamentablemente, a su hijo lo asesinó la guerrilla y este hecho la sumió en una profunda depresión de la que no podía salir. Sin embargo, su vida dio un giro total cuando entró al programa de voluntariado comunitario de World Vision.

“El amor incondicional y el apoyo que me brindaron me impulsó a salir adelante. La muerte de mi hijo me motivó a contribuir con este grupo de Gestores de Paz”, cuenta María Antonia, abuela de tres niños.

Como voluntaria comunitaria, se encarga de orientar a los padres e hijos sobre la importancia del buen trato, la prevención de enfermedades y las rutas de atención que pueden tomar cuando sus derechos son violentados.

María Antonia en una de las actividades de World Vision Colombia. Foto: World Vision Colombia/World Vision

“Los niños se alegran cuando me ven y yo los considero mis amigos. Además, los papás ya están más pendientes de que ellos estén bien, que no les falte nada y, sobre todo, que asistan al estudio”, cuenta.  “Ser voluntaria ha sido mejor que si me hubieran pagado un salario, pues la plata se acaba, pero todo lo que he progresado como persona y todo lo que le puedo brindar a mi comunidad es para siempre, y eso hoy es lo que me hace feliz”.