Cuando la esperanza no se puede desplazar

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Martes, Junio 16, 2015 - 20:10

Por: Shirley Manjarrez – Profesional del Proyecto TEAM de World Vision y USAID / Juan Sebastián Gutiérrez – Profesional de Comunicaciones. 

Este es el caso de una madre colombiana víctima de desplazamiento forzado, en un país con más de 5 millones y medio de víctimas durante los últimos 30 años. Se trata del segundo país más afectado por esta situación, después de Siria. 

Asunción es una mujer de 29 años y huyó a Barranquilla, en el Departamento de Atlántico en 2004, con el objetivo de escapar del conflicto armado que amenazaba la seguridad de su familia. 

Desde hace más de 60 años en Colombia, millones de personas como Asunción se han visto obligadas a dejar el campo, para proteger su integridad, llegando a ciudades capitales, con contextos completamente diferentes y a veces hostiles. La figura del refugiado en Colombia se ha transformado en el desplazado interno, situación que origina el abandono de los hogares de millones de familias, debido a la violencia generalizada, el conflicto armado y violaciones de los derechos humanos. 

Asunción nació en Copey, un pequeño pueblo, en el Departamento de Cesar. Ella vivía en una finca que cuidaba su familia. Mientras sus hermanos varones llegaban hasta el pueblo en bicicleta para ir a la escuela, ella debía quedarse en casa, "Para nosotras las mujeres era muy difícil estudiar. Había muchos peligros en el camino a la escuela, por ejemplo hombres que violaban a las niñas." 

En la finca, Asunción tenía que encerrar a los terneros muy temprano, para que las vacas pudieran ser ordeñadas, dar de comer a los puercos y limpiar el lugar. Era un trabajo duro para esa niña, aunque Asunción aprendió a disfrutarlo: "Me gustaba tomar una siesta en la hamaca bajo el árbol de mango. Todo se sentía en paz, y la brisa me quitaba el cansancio de todo lo que había hecho en la mañana."La finca estaba ubicada en un cerro, por el cual bajaba una quebrada, había un pozo y árboles de mango, ciruela, mandarina, naranja, y limón; la naturaleza se encargaba de darles el sustento, y los alimentos que no conseguían en la finca, los cambiaban con los vecinos o en las tiendas del pueblo. 

La gente de arriba 

Sin embargo, en 2003 los grupos armados al margen de la ley invadieron agresivamente las tierras y asesinaron muchas personas. Un día, Asunción vio cómo sus vecinos bajaban del cerro con sus pertenencias y animales: "Todavía recuerdo el miedo que sentí, los vecinos de la otras fincas decían que la gente de arriba (grupos armados) -como les dicen todavía- les habían ordenado desocupar y que si encontraban a alguien en la finca, lo iban a matar." 

Al principio, la familia pensó en quedarse en el pueblo, pero otro grupo armado llegó al lugar y con él, también aumentó el conflicto y el peligro. El pánico se apoderó de la familia de Asunción y fue cuando decidieron salir. Sus padres y algunos de sus hermanos se fueron para Venezuela y Asunción decidió irse a Barranquilla a trabajar como empleada doméstica interna. Fueron tiempos difíciles según relata, pues se encontró con otro mundo. Ella apenas sabía leer y escribir. Incluso las labores domésticas eran totalmente diferentes: "Yo no sabía trapear ni planchar. Mi patrona fue quien me enseñó, recuerdo que me regañaba mucho porque me costó aprender…" 

Con el paso del tiempo, Asunción se fue acostumbrando a la vida citadina. Fue ahí donde conoció a su esposo, con quien tienen dos hijas. No había pasado mucho tiempo de su nueva vida, cuando tuvo que superar otro reto: su hija mayor, Encarnación, al año de nacida, presentó parálisis cerebral,  "Fue un momento muy duro. No entendía por qué me había tocado a mí. Ha sido difícil aprender a vivir con la discapacidad de Encarnación, pero siempre me mueve el deseo de brindarle lo mejor." 

Ambos casos, madre e hija están muy relacionados, Asunción experimentó una situación de vulneración de sus derechos al tener que salir de la noche a la mañana de su hogar; Encarnación,  igualmente vulnerable por encontrarse en condición de discapacidad, en Colombia, donde todavía no hay las suficientes garantías para mejorar su calidad de vida. Gracias a la intervención de World Vision en su comunidad a través de sus programas de empoderamiento y desarrollo, Asunción poco a poco ha ido superando los temores a raíz del conflicto armado del que fue víctima hace algunos años, y ahora enfrenta, esta vez con esperanza y seguridad la discapacidad de su hija, quien es beneficiaria del Proyecto Colombia TEAM, con recursos de USAID y coordinado por World Vision. Este proyecto, tiene por objetivo permitir que las personas con discapacidad, especialmente mujeres y niñas obtengan su máxima autonomía e independencia. "Mi vida no fue fácil, tal vez la de mi hija tampoco lo sea, pero mientras nos tengamos la una a la otra y el apoyo incondicional de World Vision, siempre habrá esperanza y ganas de salir adelante.

Asunción afirma que la vida antes era más tranquila. Ahora presenta más desafíos para ella, en términos económicos, pues el cuidado de Encarnación, sumado a los gastos del hogar, la obligan a trabajar durante largas jornadas. Después de 12 años, Asunción asegura que es necesario consolidar una paz sostenible y real, para que las familias puedan volver a sus hogares y continuar sus vidas. De lo contrario, las horas seguirán pasando en la ciudad y Asunción, junto con Encarnación, su hija menor y esposo deberán soportar la hostilidad de ese territorio, sin poder disfrutar del espacio que les pertenece: su hogar. Los desplazados en Colombia representan el 87% del total de víctimas del conflicto armado. Por lo tanto, el desplazamiento forzado se perfila como la mayor tragedia humanitaria que ha tenido Colombia. Entre tanto, de acuerdo con información de CODHES (Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas y por la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento), el número de refugiados en el país alcanza los 400.000. Sin embargo, esta población es invisibilizada.