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article • Lunes, Octubre 22nd 2012

Morocho en el calor del hogar

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Pujilí, cantón de la Provincia de Cotopaxi, su nombre en quichua significa “posada de juguetes”. Está ubicado a 10 km kilómetros de la ciudad de Latacunga y se encuentra rodeado de altas y coloridas montañas.

En esta población vive Patricia Márquez una mujer de 32 años, luchadora, emprendedora y que no se ha dejado vencer por las adversidades. Junto a sus tres hermosos hijos, como ella misma los describe, Steven (12), Marlon (10) y Sebastián (6 años) esta joven madre nos cuenta su historia.

“Hace dos años murió mi esposo en un accidente de tránsito”, sus ojos se le llenan de lágrimas al recordar a Clemente Sangoquiza, su compañero de vida y padre de sus hijos, y continúa diciendo “salió a la tienda a comprar algo de comida para los niños esa noche y nunca regresó. A raíz de eso me encontré sola y sin posibilidades económicas para solventar a mi familia. ¡No sabía qué hacer!”

Mi familia me apoyó por un tiempo pero después tuve que buscar alguna fuente de trabajo así que estuve como empleada doméstica en la ciudad de Latacunga y a la par le ayudaba a la dueña de casa a vender morocho. Por ese trabajo recibía 150 dólares mensuales. Todos los días tenía que salir a las 6 de la mañana y regresaba a las 6 de la tarde.

Mientras tanto nos dice: “Mi hijo Steven se hacía cargo de las cosas de la casa. Ayudaba a sus otros hermanos en las tareas de la escuela, les daba de comer y era el responsable de todo marchara bien en la casa”

Pero la situación de Patricia en los últimos dos meses ha cambiado “Visión Mundial me ayudó”, nos dice “y financió mi pequeño negocio de venta de morocho”. Con una inversión diaria de 12 dólares aproximadamente, gano casi 30 usd al mes. Vendo el vaso de morocho a 0,50 ctvs el grande y 0,25 ctvs el pequeño. La gente de la localidad ya me conoce e incluso me esperan hasta que llegue a mi puesto de venta para comprar un vasito de morocho”.

Pero este no ha sido el cambio más significativo para Patricia pues lo que más aprecia ahora es la posibilidad que tiene de estar con sus hijos. “Mi horario ha cambiado, empiezo a preparar el morocho a las 7 de la mañana y lo dejo cocinando hasta las 12, luego mezclo los otros ingredientes (pasas, leche y azúcar) y tipo tres de la tarde, hora en la que ya he atendido a mis hijos y he estado con ellos, recién salgo a vender el morocho en el puesto del mercado. Me quedo hasta las 8 de la noche, hora en la que usualmente ya he vendido todo”.

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